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León Feler 1913 - 2014

La simpleza de hacer algo grande

La partida de León Feler, la madrugada del 16 de octubre de 2014, fue sólo física. Su legado se potencia día a día: ayudar al otro.  Fundación León se trata de eso. “El que vive para los demás también vive para sí mismo”, dijo “Don León”, que protagonizó 101 años de vida.

León Feler – o simplemente “Don León”, como lo llamaron todos los que lo conocieron y quisieron– fue un hombre común. Sus años mostraron la cara y ceca de cualquier persona: tuvo éxitos, fracasos, desilusiones, sueños cumplidos, enojos y alegrías. Quien cumple un siglo de vida pasó por todas. Sin embargo, hacer siempre lo que debería ser una regla para todos le permitió destacarse y trascender. Quizás sea esa su mayor virtud.

 

Los caminos de la vida

La historia arranca en la Rusia de los zares a fines del siglo XIX. Los judíos no la pasaban bien en el imperio comandado por Alejandro III. Quienes profesaban esa religión eran obligados a vivir en guetos que presagiaban peores tiempos por venir. Fue entonces cuando un banquero alemán decidió hacer algo. El Barón Maurice de Hirsch había nacido en Munich en 1831 y logró amasar una fortuna inmensa durante 25 años de trabajo y esfuerzo.

Primero, planteó asistencia para quienes vivían en las zonas de residencia asignadas por los emperadores, pero en 1891 buscó un objetivo mucho más ambicioso: trasladar a millones de personas hacia Argentina. Para concretarlo fundó la Jewish Colonization Association (J.C.A.), entidad que habría de convertirse en una de las mayores empresas filantrópicas de su tiempo. Desde allí montó un operativo que consistía en la inmigración organizada de miles de personas para establecerlas en colonias agrícolas. Entre los casi 10 mil judíos que fueron “colonizados” estaban los padres de “Don León”. Hirsch rompió la regla, pensó en los demás y sembró varias semillas. Curiosamente, su ejemplo y modelo volverían a tomar forma varios años después en un lugar llamado Tucumán. La madeja comenzaba a formarse cuando el siglo XX aún no había llegado al calendario.

Los tres hermanos Feler vinieron a Argentina con lo puesto. Su padre eligió mandarlos a lo incierto antes que condenarlos al sufrimiento seguro de ser muertos en vida en su Rusia natal. El más grande llegó al país y decidió quedarse en Buenos Aires. El segundo siguió viaje a Brasil. El más chico, como otros miles, llegó al país para ser reubicado en las colonias judías de Santa Fe. Ya en el campo, Mauricio Feler conoció a Sofía Grinspan Shwarzopel. Ambos enfrentaban la dura tarea de trabajar la tierra para devolver lo que habían recibido, pero como peones.

La propuesta de Hirsch no implicaba una limosna. La JCA hizo firmar contratos a cada  colono, por los que los responsabilizaban de pagar hasta el último centavo en concepto de gastos de viaje, construcción y arreglo de la habitación que ocupaban, compra de hacienda, útiles de labranza y máquinas agrícolas, mobiliario, semillas y por los subsidios acordados. Además de estas cláusulas, debían prestarse mutua ayuda, tener y cuidar una huerta no inferior a las dos hectáreas y un alfalfar, plantar y cuidar anualmente un mínimo de 100 árboles en los límites de su chacra, tener concluido el alambrado de su campo antes del último pago y contribuir proporcionalmente a los gastos correspondientes al mantenimiento de las escuelas, sinagogas, baños comunes y servicio médico.

La colonización de los judíos venidos de Rusia, entre otros extranjeros, había sido facilitada por dos decisiones nacionales. La primera se fechó el 19 de Octubre de 1876, cuando Nicolás Avellaneda promulgó la Ley de Inmigración y Colonización (Ley N. 817) que habría de configurar la imagen de la Argentina como país. La segunda tomó forma varios años después e implicó el reconocimiento oficial de la entidad creada por el filantrópico Barón alemán. El decreto llevó la firma de Julio Argentino Roca. Avellaneda y Roca habían nacido en Tucumán. El ovillo de las causalidades seguía creciendo.

Mauricio y Sofía decidieron casarse y esa condición les dio status para ser colonizados. Esto implicaba pasar de ser peones a tener un terreno, el que estaba ubicado sobre lo que se llamaban líneas. En rigor, luego de consumar su unión ante Dios por el rito judío y ante el Estado argentino, el matrimonio tardó varios años en conseguir esa posibilidad. El pequeño León ya tenía cinco años cuando se instaló, junto a sus padres, en un predio de la localidad de Carlos Casares. Allí creció junto a sus cuatro hermanos: Rosa, David, Anita y Matilde. En uno de sus tantos relatos a lo largo de su siglo de vida, “Don León” contó que en el reparto de tierras a los suyos le tocaron 75 hectáreas de monte. Su papá los despertaba cuando aún no había amanecido y todos debían trabajar para sembrar el lino que les permitía solventar gastos diarios y devolver el préstamo a 20 años de la JCA. Mamá cocinaba para la familia y para los seis o siete obreros que se contrataban en tiempos de cosecha. La mujer amasaba el pan y, de vez en cuando, sorprendía con knisches y borsch para mantener encendida la llama de las raíces. En esos tiempos, los chicos comenzaban a trabajar desde los seis años y tenían funciones asignadas. León “boyereaba” los terneros. La técnica consistía en atar el ternero a una pata de la vaca para poder ordeñarla. No había lugar a las quejas y tampoco a las excusas. Con frío o calor, la tarea debía ser cumplida y en el horario fijado; luego tocaba el turno de caminar casi dos kilómetros para llegar a la escuela. Mauricio y Sofía estaban convencidos que la educación les aseguraría un futuro a sus hijos. Se sumaba otra punta al carretel.

 

Gracias por venir

Como cualquier joven argentino de la década del 30 del siglo XX, León creció rodeado por el esfuerzo y la prosperidad que otorgaba un país con oportunidades. A comienzos de la década del 40, los varones Feler decidieron cambiar de aire. La invitación de una prima que vivía en Tucumán los tentó y decidieron probar suerte en lo que era la urbe más prospera del norte argentino.

León y David recibieron el apoyo de su padre, quien les donó 950 fardos de alfalfa y les alquiló un galpón en lo que hoy sería la esquina de avenida Mitre y Santiago del Estero en la capital de la provincia. Entonces, esa era una zona rural y los muchachos venidos de Santa Fe salieron a probar suerte con dos caballos y muchas ganas de vender alimento para animales. La primera experiencia no funcionó. Los hermanos Feler vendieron parte de la alfalfa, pero no pudieron armar un capital como para crecer. En poco tiempo tuvieron que cambiar de rubro y apelar a la solidaridad de sus “paisanos”. Ambos consiguieron un conchabo en la residencia de “Don Elsinger”, un judío próspero del Tucumán de la segunda mitad del siglo XX. David se enamoró y casó con la hija de quien los había  cobijado. León, en tanto, consiguió que el empresario y suegro de su hermano le facilitara algo de mercadería en consignación para vender. Corrían los años 40 y el país vivía tiempos de cambios. El muchacho venido desde Carlos Casares también había encontrado el amor y comenzaba una nueva vida. El 11 de marzo de 1944 se casó con Estela Farber, quien sería su compañera incondicional.

Ya en matrimonio, León Feler comenzó a pelear la vida con un maletín en la mano. En tren, viajaba a las ciudades y pueblos del interior tucumano para ofrecer trajes, camisas, lencería y toda la ropa que le quisieran comprar. El negocio duró algunos años en los que nacieron sus tres hijos: Oscar, Graciela y Raúl. Una de las tantas crisis de la economía argentina, lo obligó a cambiar de rubro cuando la plata de las ventas de prendas ya no eran las esperadas y necesarias. Por gestión de Estela, consiguió que los “Gorban” le entregaran algunas joyas para vender. Comenzó trabajando en consignación y luego pudo comprar para revender.

Su simpatía y persistencia lo transformaron en un comerciante exitoso hasta que, otra vez las convulsiones sociales y políticas volvieron a ponerlo a prueba. En 1975 sufrió un brutal asalto. Lo golpearon en uno de sus viajes y le quitaron casi todas las joyas de las que disponía. Deudas por cobrar le permitieron seguir algunos años más con el rubro, hasta que en 1978 volvió a cambiar. Probó suerte como comerciante, otra vez con vestimentas, pero luego se inició el rubro inmobiliario y allí encontró la tranquilidad económica que tanto había buscado durante décadas.

Mientras los dos varones Feler habían hecho camino en Tucumán, dos de las tres mujeres de la familia optaron por probar suerte en otras tierras. Rosa, la mayor, se fue a vivir a Israel a comienzos de los años 50 y su hermana Matilde lo hizo un par de años después. Anita, la más chica de los cinco hijos de Mauricio y Sofía, se quedó en la Carlos Casares que los vio crecer. En Israel las hermanas Feler formaron parte de la inmensa legión de judíos que trabajó para hacer de ese lugar un país. Después de muchos años de prestar servicio como empleadas, se jubilaron y comenzó a sobrarles el tiempo que antes no les alcanzaba. Con una jubilación casi equivalente al salario que percibían en servicio y un seguro social que les garantizaba cobertura total para el cuidado de su salud, ellas y más de un centenar de mujeres de origen latino se organizaron para ayudar. Primero se juntaban una vez por semana en un hospital público y acompañaban a los enfermos. Luego, ampliaron esas visitas a más de tres días a la semana y las actividades incluían la administración del bar para generar recursos que permitieran ampliar sus labores solidarias.

León se enteró por carta de esa experiencia. Luego recibió más detalles por boca de su hermana. La madeja tomaba forma definitiva.

Don León siempre fue una persona a la que le gustó estar con los demás. Amiguero y solidario con los que necesitaban, solía organizar asados o tertulias en su casa durante varias noches al mes. Algunos lo llamaban “el ruso”, como a tantos otros judíos del país. Los tres hijos de su matrimonio con Estela pasaron por los ritos de la religión y algunas fechas del calendario hebreo se cumplían sin dudar en una casa familiar a la que podía entrar quien lo necesitara. Pocos sabían qué quería decir lo que los religiosos repetían en idish leyendo los versos del Talmud, pero todos habían aprendido desde chicos que el primero de los mandatos era amar a los demás como a uno mismo.

 

Manos a la obra

La mezcla de cultura religiosa con una particular forma de ver la vida podría explicar la silenciosa decisión que tomó Don León a comienzos de la década del 80. Un día y sin dar muchas explicaciones a nadie, se hizo presente en la Sala de Quemados del Hospital Centro de Salud. Llevaba algunas revistas en la mano y muchas ganas de ayudar. Le costó entrar. No era común que alguien que no fuera familiar de los internados estuviera allí. El lugar tampoco era agradable. Las paredes estaban derruidas por la humedad y por años de abandono, los enfermos gemían de dolor y los medicamentos no siempre alcanzaban para calmar a todos. No había biombos para separar a unos de otros, mucho menos aire acondicionado o ventiladores para sofocar el siempre hostil clima de la provincia. Don León no se amilanó. Comenzó charlando con uno, le leyó algunas de las revistas, luego le compró una gaseosa y algunos sanguchitos hasta ganar su confianza. La semana siguiente la visita se repitió y los contactos se fueron sumando. Durante meses y todos los miércoles, la figura de ese hombre maduro y siempre bien vestido se hizo parte del paisaje de este hospital público. Lo esperaban los pacientes y sus familiares, pero también algunos médicos y enfermeras que empezaron a entender que las pocas horas que este hombre pasaba junto a los que necesitaban, los ayudaba a seguir.

Don León pasó casi dos décadas con esa rutina. En la tarde de los miércoles, hiciera frío o calor, juntaba las revistas y emprendía su visita a los pacientes del hospital. Pocos de sus afectos conocían a fondo lo que hacía. Un día, el más chico de sus hijos, lo vio llegar conmovido a su casa. Tras ofrecerle el vaso de whisky reparador para su baja presión, le preguntó que había pasado. El “viejo” relató su experiencia. Contó que llegó a la Sala de Quemados como cada semana y que había un paciente nuevo. Relato que se acercó a él para ofrecerle su charla y que este ni le contestó. Luego, explicó que siguió con su labor con otros conocidos y que luego volvió a la carga para ofrecer algún refresco. El joven quemado, sin mirarlo, le respondió: “¡no ves que no quiero darte pelota”. El hijo pensó que el golpe había sido fatal para su padre, pero este le aclaró que eso era común en la tarea que había emprendido hace tiempo. “El otro miércoles lo convenzo”, le dijo con una sonrisa entre sus labios. Una fuerte bebida y algo de charla familiar le permitieron pasar el mal trago. Todo volvía a empezar; como si nada hubiera sucedido. El más chico de los hijos de Don León contó a sus hermanos esa experiencia y lo que hacía su padre. También comenzó a interesar a algunos amigos de la familia que decidieron sumarse a las visitas que todos los miércoles el “viejo” realizaba al Hospital Centro de Salud. Isidoro Jabif, quien era el encargado de juntar las revistas para llevarles a los pacientes; y Alejandro Jassán formaron parte de la primera brigada de “voluntarios”.

En 2003, León Feler seguía yendo al hospital pero con menos frecuencia, pero aún  trabajaba para que la vida de “sus” pacientes fuera un poco mejor. No era fácil lidiar con los achaques del tiempo y las precarias condiciones sanitarias de un hospital público. El 23 de marzo de ese año sus hijos le prepararon una gran fiesta para celebrar los 90 años. Hubo muchos invitados y un gran regalo. Oscar, Graciela y Raúl querían que el ejemplo de compromiso y solidaridad de su padre se perpetuara en el tiempo y lo trascendiera. Se les ocurrió armar una fundación. Le encargaron la tarea de organizarla a “Pupi” Danielsen, una colaboradora que había trabajado en la inmobiliaria familiar durante varios años. Ella aceptó el convite – “por algunos días”- y comenzó a llamar por teléfono a la larga lista de  amigos de Don León para que hicieran su aporte al emprendimiento. La intención era hacer algo simbólico, pero el sueño comenzó a tomar dimensiones inesperadas cuando del otro lado de la línea se repetía un contundente “sí”.

La Fundación León fue presentada oficialmente en la noche del cumpleaños 90 de este hombre que trascendió haciendo lo que debería ser común: pensar en los otros. Habían transcurrido nueve décadas de una historia rica en matices y marcada por el trabajo de  alguien que nunca soñó con otro honor que el que pudiera conseguir con su esfuerzo silencioso. Después de 101 años de vida y con su nombre como bandera en una fundación que creció sin cesar durante la última década, la figura de este hombrecito bien vestido venido desde Santa Fe podría colmar las expectativas del Barón Hirsch, que decía: “Me opongo firmemente al antiguo sistema de limosnas, que sólo hace que aumente la cantidad de mendigos, y considero que el mayor problema de la filantropía es hacer personas capaces de trabajar de individuos que de otro modo se volverían indigentes, y de este modo crear miembros útiles para la sociedad».   

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